jueves, 14 de septiembre de 2017



Amanecíamos en Constitución con el sol en la cara porque no había cortinas, hacíamos el amor y comíamos y fumábamos hasta que ya no hubiera sol, intentábamos a veces salir y no podíamos, salir a comprar facturas, salir a comprar sanguchitos, salir a comprar pasta, bajar a tomar una birra al bar nuevo el único bar. Yo pensaba que todo iba más o menos bien charlando con el tucumano dueño del bar top en la cuadra más fea del barrio; birra artesanal comida horrible a una cuadra de la estación, el tano que caminaba canchero, con capucha, como si hubiera sido de ahí desde siempre, como si hubiera nacido en Tacuarí y Garay, como si no importara; como si Roma no quedara lejos sino a la vuelta de la esquina; soñaba siempre con Roma y con Constitución; se soñaba siempre perdido en la estación y siendo de noche, todos hablando un idioma extraño, como en la vida real casi; me soñaba sin monedas para el bondi, que me perdía y a mis sueños no había llegado el teléfono, que me perdía y no conocía a nadie, que me perdía y eran todos enemigos.
Pero amanezco viendo ese balcón y la calle Tacuarí, y ya no me acuerdo de que no podía pisar ese barrio por la tristeza, y siempre hay la cruz de la iglesia de la otra cuadra que se asoma por entre las construcciones para encuadrarse justo en la ventana del tano que miramos con las cabezas en la almohada; y nos saluda de mañana, nos recuerda que somos demasiado profanos, que si me dejara llevar un poco más, que si fuera más curiosa, que si quisiera tener algo que hacer los domingos. Y el tano que, estábamos bien, se despierta y me abraza con un brazo y mira el cielo azul, y me dice viste cuando estás tranquilo y entonces cualquier cielo parece el de un lugar hermoso, como si estuviéramos en un barco en el océano o en el campo; pero debe ser porque estamos bien, debe ser solamente por eso. Le digo que no, que es un día hermoso, que quizá deberíamos salir de ese primer piso de Tacuarí que son tantas habitaciones y tantos pasillos. El propietario era hijo de una mujer dueña de no sé bien cuántas otras cosas, y cada tanto llegaba sin avisar, subía su bicicleta, se daba una ducha si hacía demasiado calor, se acostaba en el sillón a fumar, como todos ahí, parecía ser lo único que podía hacerse, y se olvidaba de cobrar lo que venía a cobrar.
Pero no salimos: oímos a Vedran caminando en su habitación, lo imaginamos en calzones y con ojeras y diciendo muy enojado la puta madre porque sí, de la manera en que lo hubiera dicho Luca, con el mismo acento porque el croata hablaba como tano y el tano como porteño en ese primer piso de ninguna parte; y se ponía a cocinar cosas y las dejaba ahí para que nos alimentáramos, sin preguntar; yo aprendí entonces algo de la amistad, y sin embargo hacíamos el amor sin importar que nos oyera; supongo que tampoco le importaba demasiado aunque después veíamos la sombra en sus ojos un poco triste de extrañar a alguna chica o a cualquier chica.
A veces les leía pedazos de ese poema que encontraba pintado en una pared cuando encaraba el camino de vuelta a casa. Nunca conseguía acordarme más de dos o tres versos: Es la mañana en Constitución / las apariencias no engañan / las cenizas dentro y fuera de las casas / siempre me acordaba de un verso distinto, aislado: Tus piernas, Constitución, / bañadas en combustible / llevan y traen tus fieles / diseminados por Buenos Aires / con sus dioses trenes / huyendo al sur a poblar el desamparo… Y cada vez que lo encontraba de nuevo prometía recordarlo entero, y fracasaba.
El tano quiere hacerse amigos en la ciudad y los invita a comer empanadas; estamos todos y las empanadas queman, todos tirados comiendo empanadas hablan de salir a bailar, o de salir a algo. Pero no salimos, de nuevo no salimos; y es viernes, el tano me muestra la música que pasaban en el bar donde trabajaba allá, sirviendo tragos en un boliche orible, orible.
Entonces tomamos vino y bailamos un rato arriba del sillón, en la oscuridad. Un poco de la luz del monitor de su computadora se filtra por el vidrio esmerilado de la puerta de la habitación, cubierta a medias por una chapa de metal, toda la intimidad de la que gozamos.
Todavía yo en el sillón y él parado en el piso me abraza, hundiendo la cara en mi panza. Nos despedimos un día en la boca del subte de la estación; tengo una foto donde hay una parte del cielo azul que también ese día brillaba, un pedazo de su remera celeste y otro de la boca de la línea C, y las tres cosas casi ni se distinguen.

miércoles, 1 de febrero de 2017

los problemas
siguen siendo
los mismos

no creemos en el paraíso, somos materialistas
el alma
es una dinámica específica de los órganos, y eso
no lo hace
menos mágico

miércoles, 19 de octubre de 2016

Tengo una memoria horrible. Horrible. En ocasiones me olvido de lo que pensaba en el instante inmediatamente anterior a desconcentrarme con alguna cosa. Es desesperante. A veces, incluso, empiezo a escribir una oración y, cuando pretendo terminarla, ya no recuerdo cómo pretendía continuar su sintaxis. Sin embargo, hay algunas escenas, algunas imágenes que, con un criterio que me resulta totalmente misterioso, acaso de lo más misterioso que conozco, y perfectamente arbitrario -aunque mejor no le pregunten a mi analista-, elige y selecciona para que permanezcan, se instalen, se eternicen, prolijamente en mi memoria, ciertas escenas de películas, ciertas imágenes literarias, poéticas. Ciertos comentarios. Un aspecto que me resulta particularmente inquietante en relación a mi memoria, acaso porque mi neurosis me hace pensar que me apremia el tiempo, etcétera, es el hecho de que no puedo recordar ni siquiera una sola de las miles y millones de anécdotasque constituyen y conforman el repertorio tradicional de mi padrepara animar las reuniones socialesy últimamente también las íntimas, familiares.ni una.las empieza, y quizás en la segunda o tercera frase yo la reconozco,la entiendo y la siento reiterativa, y entiendo que quizás es la décima, quinceava vezen mi vidaque la escucho.la escucho familiar, incluso gastada, y sin embargo no podría, ni una sola de las veces,completarla.

martes, 4 de octubre de 2016

levanté la vista y vi la luz
que entraba, atravesando el corte de un vidrio
del vitral
un vidrio azul
pero la luz entraba
no azul,
sino muy pálida
nada de azul
entraba directa, indiferente
como si no
se supiera
tortuosa
justo en los ojos
-los míos- que la miraban

no sé si estaba o si apareció justo
cuando levanté la vista
pero PERO
entonces me pareció ver a dios.

capaz me lo inventé, uno
siempre inventa
a dios, uno
siempre inventa las cosas
pero me pareció bastante similar a lo que
me habían contado de él.
bastante similar a lo que
me imaginaba de dios.

pero entendí que quizá esta vez sí
era distinto
de modo que volví la vista al suelo
baldosa fría
una vez más
baldosa fría
y demoré apenas
en ajustar el círculo
de espinas que
ya no dolía casi alrededor del muslo.

domingo, 12 de junio de 2016

se puede hacer poesía porque somos
otra cosa que lenguaje
diga conmigo: soy, también, animal
sino cómo se explica que, de pronto,
no pueda más que repetir
como lo haría un poseído
o un condenado
una y otra vez el nombre de dios.

domingo, 8 de mayo de 2016

volver siempre a los libros viejos
volver una y otra vez a los mismos libros
a los libros que antes
una y otra vez a los mismos libros
una y otra vez

domingo, 24 de abril de 2016

-acá todo se mide en meses, como si fuesen años-

es verdad. lo especial
ya pasó: ahora no podés darte
ese lujo
de ser rara
hay que tener trabajo. y hacerlo bien.

domingo, 17 de abril de 2016

literatura: no digo que tenga que ser verdad. digo que tengo que creerte.

siempre al borde, al lìmite de la explosión tengo que escribir. en el clímax de la acumulación hormonal, justo justito pre menstruación, cuando ya no da para más, no cabe más potencia ni materia en este cuerpo débil, expuesto, tímido, exhibido de piernas y oídos abiertos al destino.

hoy se sentó al lado mío en el colectivo un policía. sentí, durante todo el viaje, el frío de su pistola rozando mi muslo izquierdo. siguiendo las vibraciones de las curvas, del empedrado.
no era algo a lo que hubiera elegido exponerme durante ese viaje, de poder optar. quise tomar su arma y matarlo. la escritura, en mí, como la lectura en bovary (?) toma el espacio de la experiencia no vivida: por miedo, por cobardía, por hastío, porque sí.
porque escribirlo, si lo hacemos bien, podría ser más extremo. pero elijo ni una cosa ni la otra. el camino de la amnesia, de la petrificación. hay demasiada información en el mundo. hoy elijo la nada. quizás mañana despierte y quiera hablar. por ahora, entre ciento doce mil millones de kilos de carne humana esperando la putrefacción o la reencarnación -según la suerte de su fe-, sobro. no puedo negarme humana, negar mi carne (hacerme doler sería asegurarlo): puedo, sí, callarme. aunque haya creído todo este tiempo que hasta las últimas consecuencias había que hablar, y sobre todo hablar nuevo; hoy siento que todos hablamos demasiado.

corazón de tijeras

corazón de tijeras