miércoles, 19 de octubre de 2016

Tengo una memoria horrible. Horrible. En ocasiones me olvido de lo que pensaba en el instante inmediatamente anterior a desconcentrarme con alguna cosa. Es desesperante. A veces, incluso, empiezo a escribir una oración y, cuando pretendo terminarla, ya no recuerdo cómo pretendía continuar su sintaxis. Sin embargo, hay algunas escenas, algunas imágenes que, con un criterio que me resulta totalmente misterioso, acaso de lo más misterioso que conozco, y perfectamente arbitrario -aunque mejor no le pregunten a mi analista-, elige y selecciona para que permanezcan, se instalen, se eternicen, prolijamente en mi memoria, ciertas escenas de películas, ciertas imágenes literarias, poéticas. Ciertos comentarios. Un aspecto que me resulta particularmente inquietante en relación a mi memoria, acaso porque mi neurosis me hace pensar que me apremia el tiempo, etcétera, es el hecho de que no puedo recordar ni siquiera una sola de las miles y millones de anécdotasque constituyen y conforman el repertorio tradicional de mi padrepara animar las reuniones socialesy últimamente también las íntimas, familiares.ni una.las empieza, y quizás en la segunda o tercera frase yo la reconozco,la entiendo y la siento reiterativa, y entiendo que quizás es la décima, quinceava vezen mi vidaque la escucho.la escucho familiar, incluso gastada, y sin embargo no podría, ni una sola de las veces,completarla.

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corazón de tijeras

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